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-Molino de papel-
ALGO QUE SE PARECE A UN VELORIO
Cuentos y relatos globales. 01.11.26 
A Jaime Echeverría (“el Nono”, que en vida me contó  la  historia)
Escribe; Walter Pimienta J.- El paquete era perfecto. Cualquiera que lo viera cruzar el bullicio de las calles céntricas de la ciudad con este en las manos,  habría pensado en una celebración feliz y en el brillo en los ojos de un niño o en la sonrisa cómplice de una novia.
 Envuelto en un papel satinado de motivos festivos, coronado por un lazo de cinta rosada impecablemente dispuesto, el objeto irradiaba una desconcertante alegría. Pegada junto al nudo, una pequeña tarjeta con impresos alusivos a un cumpleaños mostraba una caligrafía esmerada. Escrita con buena tinta y pulso firme, se  ponderaba en esta al  cumplimentado con adjetivos solemnes y se le deseaba, con mística devoción, que perdurara sus años de vida tanto en esta tierra como en la otra.
El portador de la caja caminaba con paso apresurado, sosteniéndola contra el pecho con una mezcla de recelo y urgencia. El sol del mediodía caía implacable sobre el asfalto, y el aire espeso de la zona comercial parecía asfixiar el movimiento de la masa humana. Al llegar a la esquina más concurrida, el hombre divisó la terraza de una conocida heladería. Las mesas exteriores estaban salpicadas de clientes que buscaban refugio en los conos de vainilla y los granizados de limón. Con un movimiento ensayado y fluido, el sujeto se adentró en el local, eligió una mesa apartada cuyo ocupante acababa de retirarse y, sin mirar atrás, dejó la hermosa caja sobre la superficie de metal.
De inmediato, dio media vuelta y salió corriendo. No era el trote de quien llega tarde a una cita; era la zancada desesperada de quien huye de un peligro inminente o de una culpa insoportable.

Un mesero del lugar, un joven atento llamado Desiderio, notó el abandono instantáneo del paquete. Al ver que el cliente salía a toda prisa, tomó la caja entre sus manos y se asomó rápidamente a la calle. A la distancia, en medio del tumulto, vio al hombre que casi volaba sobre el pavimento, alcanzando ya la esquina opuesta.

—¡Señor! ¡Señor, el regalo! ¡Señor, se le queda el regalo! —le gritaba Desiderio a pleno pulmón, estirando el brazo que sostenía el pulcro lazo rosado.

El tipo ni volteó. Dobló la esquina como un fantasma que se desvanece en la marea de la ciudad.

Desconcertado y con el corazón agitado por el esfuerzo inútil, el de la caja se regresó al interior de la heladería. Puso el paquete de nuevo en la mesa y llamó de inmediato al gerente. Ambos contemplaron el misterioso obsequio durante largos minutos. Decidieron otorgarle el beneficio de la duda al despistado transeúnte; montaron guardia detrás de la barra, creyendo firmemente que el dueño regresaría compungido y sudoroso en busca de su valiosa propiedad. Sin embargo, los minutos se transformaron en una hora, el flujo de clientes disminuyó y nadie regresó a reclamar nada.

La curiosidad, sazonada con una creciente desconfianza por la seguridad del local, venció la cortesía. El gerente asintió con la cabeza, autorizando a Desiderio a romper el idilio del envoltorio. Esperaban encontrar un pastel fino, un juego de tazas de porcelana o, en el mejor de los descuidos, ropa de marca fina olvidada por un comprador distraído.

Desiderio desató el lazo rosa con cuidado y levantó la tapa. El olor rancio que escapó de la caja los obligó a retroceder de golpe. Al asomarse de nuevo, con los ojos desorbitados, descubrieron la macabra realidad: apretado entre las paredes de cartón, yacía un gato muerto.

Horas antes, en un apartamento antiguo de techos altos situado a pocas calles de allí, la atmósfera era radicalmente distinta. El felino en cuestión no era un animal cualquiera; era el mimado compañero de la tía Elsa, una mujer ya mayor de costumbres fijas y corazón tierno que acababa de perder a su único confidente de los últimos quince años. El gato llevaba horas  rígido en el pequeño jardín interior, dejando a la mujer sumida en un llanto silencioso y paralizante.

La tía Elsa no tenía el valor ni las fuerzas físicas para enterrarlo en el duro patio y la sola idea de botarlo a la basura como si fuera un desecho vulgar le destrozaba el alma. Así que, arropada por la impotencia, decidió esperar a que diera el mediodía. A esa hora exacta, su sobrino Jaime solía salir de su turno intermedio en el banco céntrico donde trabajaba como cajero principal para ir a almorzar con ella. Jaime era un hombre práctico, un empleado bancario de mente cuadriculada, trajes impecables y que le  tenía un  terror absoluto a las complicaciones domésticas.

Cuando Jaime cruzó el umbral del apartamento y encontró a su tía deshecha en lágrimas junto al cadáver del animal, sintió que el almuerzo se le amargaba en el estómago.

—Jaime, por favor —suplicó la anciana, limpiándose los ojos con un pañuelo de encaje—. Tienes que ayudarme. Yo no puedo hacerlo. Por lo que más quieras, dale a “Tito”  una sepultura digna, o llévatelo lejos donde no sufra el desprecio del camión de la basura. Prométeme que harás algo respetuoso.

Jaime, mirando de reojo el cuerpo inerte y calculando los escasos cuarenta minutos que le quedaban de descanso antes de tener que volver a cuadrar cajas y contar billetes bajo la mirada del supervisor, asintió con fastidio.

—Está bien, tía. Yo me encargo. Quédese tranquila —dijo, buscando desesperadamente una solución que no implicara excavar la tierra con sus manos limpias ni cargar un bulto sospechoso al salir a la calle.

Fue entonces cuando la mente fría y matemática del cajero de banco,  ideó el plan. Encontró en el armario de los cachivaches una caja de cartón rígido que había contenido una vajilla. En el costurero de su tía descubrió un rollo de papel de regalo con motivos de feliz cumpleaños que ella guardaba para las navidades, y un trozo de cinta rosada. Con la destreza de quien cuenta fajos de billetes, envolvió el cuerpo de “Tito”, selló las esquinas con cinta adhesiva y confeccionó el lazo perfecto. Para rematar la ironía y camuflar el engaño, tomó una de las tarjetas de felicitación en blanco que su tía coleccionaba y, utilizando su pluma estilográfica de buena tinta, redactó los deseos de inmortalidad para una inventada Rosalba, “la cumplimentada”, con una dedicatoria cuya belleza poética se transformaba en un escalofrío de haberse descubierto  antes quién descansaba realmente en la caja.

El resto había sido cuestión de oportunidad. Jaime salió a la calle portando el paquete con orgullo fingido, buscando el lugar idóneo para deshacerse de la carga sin levantar sospechas. La “Heladería Americana”, con su constante ir y venir de gente descuidada, se le presentó como el escenario de las exequias perfectas para “Tito”. El plan era impecable, salvo por un detalle: jamás calculó la desmedida eficiencia y honestidad del joven Desiderio, quien casi arruina la huida al correr tras él para devolverle el "regalo".

Al rato, Jaime entró al banco con las manos vacías y la conciencia tranquila, convencido de que “Tito” descansaba en algún rincón de la ciudad bajo el cuidado de un extraño. Mientras tanto, en la “Heladería Americana”, el gerente y Desiderio, rodeados de empleados y de extraños,  contemplaban el paquete abierto, atrapados en el misterio de un cumpleaños que se había transformado, por obra de la desesperación urbana de  alguien , en algo que se parece a un improvisado y absurdo velorio.
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