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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•11 usuarios en línea • Lunes 23 de Octubre de 2017
Las chucherías
Jose Maria Barrionuevo Gil. 23.09.17 
“A nadie le amarga un dulce” y al personal, perdón, a sus señorías del Congreso de los Diputados y del Senado, español y muy español, pocos españoles pero demasiados, tampoco. En nuestros años infantiles, apenas había chucherías. A lo más, algunos que otros chicles, “papas de menta” y caramelos de escasa variedad, pipas, altramuces, garbanzos tostados, chufas, almecinas, y poco más. Los carrillos nos ofrecían a duras penas estas pequeñas viandas para entretenernos. Como podemos ver, los productos no manufacturados se llevaban la palma, y de camino no tenían envases especiales a base de papel de celofán o de “orillos” de papel de aluminio. Si nos ponemos a comparar las chucherías naturales con los chicles, habría que ponerle un monumento al “paloduz” o regaliz, que te duraba tanto como un chicle y era totalmente biodegradable. El chicle va dejando unas huellas casi indelebles en las aceras y, más de una vez, nos hemos llevado uno pegado en la suela de un zapato. Es verdad que la gente no es cuidadosa, como pasa con las heces de los perritos; pero ¿cuando se termina o deteriora un chicle?  Lo mismo se lo toman “los pececitos del mar, del mar”. Desde hace ya bastante tiempo hemos podido ver cómo en las oficinas se nos ofrecía la oportunidad de coger un caramelito. Quizá era una manera de irnos haciendo tragar, de comunicarnos optimismo y de brindarnos una eterna amistad. Era un detalle más de esta sociedad de consumo que nos invita a no parar de consumir.
    Sabemos que este detalle ha inundado los espacios del Congreso y del Senado. Nosotros nos preguntamos ¿qué necesidad tienen nuestras señorías, hechas y derechas, de estar consumiendo caramelitos? ¿Tan amarga es la vida que llevan, que necesitan las chucherías, y además gratis?
    Nosotros, los mortales de a pie, sin coches oficiales como algunos otros, no comprendemos este complemento calórico, para que se vayan calentando los motores de los discursos leídos.
    Nosotros, los mortales de calle, que no pisamos los sagrados lugares, no entendemos esta nueva ceremonia de la dulzura que se ha añadido a unas tan insignes instituciones, que muchas veces nos llevan por la calle de la amargura.
    Nosotros, los mortales de las aceras con bolardos, que tenemos esos “impedimenta” en nuestra lucha diaria, no advertimos las causas por las que se nos duermen con tanta facilidad los diputados en las sesiones del Congreso o del Senado. Al parece, nuestras señorías no tienen suficiente con sus dulces sueños y tienen que añadir el caramelito infantil incluso para los que nunca hablan. A veces la boca se les reseca por el aburrimiento, porque el aburrimiento debe ser un jinete del apocalipsis, con el que no contaba nuestra ya talludita democracia.
    “A nadie le amarga un dulce”, pero como al parecer a sus señorías les sienta mal tener que tomar caramelos con azúcar, se reivindica que se les regale a sus boquitas unos caramelos sin azúcar. No se repara en que estos caramelos son más caros que los otros. Siempre se ha dicho que que “por un gustazo, un trancazo”. Pues bien, como resulta que el trancazo es para el erario público, o sea, para los contribuyentes que contribuyen, no para los que se les escapan a la inocente Hacienda, nos ponemos el mundo por montera y a gastarnos unas perras en caramelos sin azúcar.
    Una vez puestos, ya que el Parlamento se ha convertido en una sala de lectura en voz alta y se ha olvidado del arte de parlamentar en público, podría leer los papelitos que envuelven a los caramelos sin azúcar y darse cuenta que entre los ingredientes, quizá no tenga arte ni parte el azúcar ni componentes en alto índice de glucemia. Pero tendrán que estar atentos, si no se nos duermen a mitad de la lectura de los ingredientes, porque estos pueden contener sustancias que hacen muy sabrosos a estos caramelitos. Por ejemplo, pueden contener sal, que hace retener líquidos, como le pasa al arroz con leche que si no le echan su poquito de sal no está totalmente sabroso, aunque esté dulce.  También, y estamos seguros, tienen grasas y por eso están tan sabrositos.
    “A nadie le amarga un dulce”, pero no nos amarguen la vida con impuestos y recortes. Sean pródigos con los servicios sociales, aunque no tengan azúcar.
josemª
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