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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•15 usuarios en línea • Lunes 26 de Junio de 2017
Los radicales
Jose Maria Barrionuevo Gil. 17.06.17 
Ya tenemos los oídos atestados y no de informes, sino de deformaciones. Con infinita alegría se nos inocula constantemente con un discurso más que prelógico y se nos vende como si fuera el tuétano y la médula de la lógica más pura y, por ello, más aristocrática. Desde la siempre viva y tendenciosa argumentación más casposa se nos abre todo un campo más que trillado y que se nos antoja como una heredad del más genuino barbecho. No siempre es hora de recoger la cosecha y, menos todavía, de cultivar especies impropias de un suelo que algunos no quieren que pueda admitir la diversidad. Además, el monolitismo no deja de ser un “marmolillo”.
Constantemente estamos escuchando cómo se etiqueta de radicales a los que más o menos pueden representar a la izquierda política de este país. Con total desparpajo se repite una y otra vez la denominación y demonización de radicales, desde instancias quizá más radicales aún si cabe.
La semana pasada preferimos aclarar, de camino, que es la familia la que educa; sin embargo parece ser que no es el radicalismo un supuesto de educación familiar de las familias que han optado por mayor flexibilidad, mayor comprensión del pensar de los demás y mayor empatía por todos, sobre todo por aquellos que son más débiles y que están en situación de indefensión, no sólo personal, sino también social y económica. La radicalidad hace alusión al tema biológico de las raíces, pero este enfoque obvia el tema de las semillas. Quizá por ello, no sea adecuado el anatematizar las ideas radicales de los demás, cuando no se posee ningún otro tipo de argumento.
    El pueblo, que es sabio y que ha sido sabio, nos ha dejado una concepción de la educación que aflora hasta en el Parlamento, cifrado en unos argumentos que no tienen nada que ver con el tema que se está tratando. El pueblo nos dejó para nuestro acervo educativo la expresión de “mala leche” (que define un comportamiento acerbo incuestionable). Hoy sabemos que esta condición no tiene nada que ver con una herencia genética, sino que es algo que alimenta a las personas desde la cuna. Con esta perspectiva podemos considerar que no estamos ante una constitución especial de las personas, sino con un condicionamiento que pone en las personas unas semillas de conocimientos y, sobre todo, de actitudes que les hacen tener, después, de mayorcitos, una aspereza y crueldad, que nos resultan cada vez más extrañas, por lo menos, desde que estamos cabalgando por este siglo XXI. Por tanto no se trata de raíces, sino de lo que se ha sembrado y se está sembrando de desprecio y odio para solaz de un público adicto a los cotilleos televisivos de corte “Sálvame”. La principal falacia que enmascara la lógica en las tertulias y debates son los argumentos “ad hominem”, que han venido en dirigir la ventolera del “ventilador” hacia el mismísimo cuerpo del virtual adversario.
    Luis Rojas Marcos nos lo aclara en su libro “Las semillas de la violencia”. Desde la cuna las personas que han recibido en sus vidas la escoria de este sistema social y económico no pueden desarrollar otro tipo de semillas, a no ser que se haga un cultivo titánico de educación personal y social. Sin embargo, nos cuesta muchísimo comprender que las semillas violentas hayan contagiado a los que han gozado de un educación “perita”; también, que los que más tienen, roben más, porque la semilla de la insatisfacción ha actuado como una plaga en sus heredades; y no digamos de la semilla de la mentira, del encubrimiento... El verdadero peligro está en lo que se siembra.
    Todos hemos oído hablar de los “radicales libres”, pero no de los “radicales libres sociales y políticos”, de los “radicales liberales” que invaden el cuerpo social (también) y lo dañan produciendo un envejecimiento prematuro de la sociedad, como parece ser el deseo de Christine Lagarde, ya que se queja de que la población envejece: “Los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía global; hay que hacer algo ya”. Muchos, incluidos los que están al tanto de esta afirmación, no consideran radical a esta señora, sino que la tienen que tener en los altares, como si se tratara de un ángel. Claro, como es de los suyos, y de los que quieren hacer de todo algo suyo, la deben considerar del “centro”, del punto “medio”. Claro que otros pensamos que el punto “medio” en que se instala no es más que la semilla de la mediocridad y del interés por privatizarlo todo que va creciendo día a día en esta Europa de los “mercaderes”, los auténticos radicales.

josemª
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